OPINIÓN
Niños que quedaron congelados en una infancia arrancada de cuajo, y se han quedado sin mirada
Artículos | 03/01/2012
PILAR RAHOLA
Acabada Navidad, enfilamos la semana mágica de los Reyes Magos, regida por el fascinante nerviosismo de los niños. Aunque en casa hacemos un tió magnífico que lleva décadas arrastrándose entre nosotros con la paciencia de los troncos viejos, medio herido y apaleado pero sin embargo altivo, también es costumbre que los Reyes pasen por nuestra republicana casa. Además siempre hemos seguido el magnífico espectáculo de la llegada de los Reyes, con todas esos caritas redondas de ojos abiertos de par en par que resumen, en una sola mirada, la grandeza de la infancia. No hay nada más bello que la ilusión inocente de un niño, y si algunas tradiciones tienen un especial sentido, lo tienen porque son capaces de activar el resorte infantil que todavía queda dentro de nuestras estrujadas almas. Dicho en corto, ¡qué fiesta tan bonita!
Sin embargo, y quizás porque la experiencia personal con el mundo de la adopción me ha hecho conocer de cerca a los niños que no tienen árboles de Navidad, y cuya vida se arrastra por las esquinas del mundo sin ser vistos –niños invisibles a pesar de su brutal visibilidad–, probablemente por ello siempre que se acercan los Reyes siento una inevitable tristeza. Tal vez por este motivo escribo el artículo hoy, cuando aún estamos lejos de los Reyes, y no el día antes, porque no quiero afear una fiesta magnífica, pero tengo una cierta necesidad de hacer, en los días previos, esta reflexión. Somos unos privilegiados. Ya sé que decirlo no es original y seguramente es inútil. Pero no sobra remover de vez en cuando las conciencias de este orondo primer mundo que no sabe qué significa no haber tenido nunca un juguete. A pesar de que en este preciso instante la amiga Sor Lucía –o cualquiera de las otras grandes personas que dedican su vida a mejorar la de los otros– me diría que no hay que ir muy lejos, que el cuarto mundo cohabita con el primero de una manera brutal y soez, y que la mezcla entre la riqueza y la pobreza empieza a ser el paisaje cotidiano también en nuestro país.
Lejos, pues, o cerca, al abrigo de los agujeros negros de nuestros barrios marginales, o en las calles de los mapas lejanos donde malviven y mueren ante la indiferencia más impúdica, hay niños que nunca sabrán lo que es la ilusión de Reyes. De hecho, habrán aprendido a esconderse de un bofetón antes de recibir un abrazo, y algunos, los más desgraciados, habrán sido definitivamente destruidos en las camas de la prostitución o en las guerras que los humanos inventamos para destruir la vida. Los he conocido. Niños que quedaron congelados en una infancia arrancada de cuajo, y se han quedado sin mirada, perdidos en un vacío inalcanzable. Vivos y prematuramente muertos. Para ellos detengo hoy la atmósfera de fiesta y alzo la palabra, aunque sólo sea para dejar dicho que no siempre son invisibles. Que a veces conseguimos verlos…
Los otros niños
03/Ene/2012
La Vanguardia, Pilar Rahola